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Yo me desperté como si nada aquella mañana, gracias a mi despertador mental, como siempre, tres minutos antes de la salida del sol; aunque, el crepúsculo le habÃa dado otra información a mis párpados: les decÃa que se habÃa enojado con la luz y que decidirÃa trancarle el paso durante todo el dÃa. «¡Ay, no!», pensé para mis adentros. DÃa nublado; tan oscuro que las horas parecÃan estar sujetas a definiciones ambiguas. ¿Acaso oscuro no es sinónimo de tarde-noche? Esos dÃas solÃan ser asÃ, muy raros, incomprensibles, tÃpico de un invierno al que se le conoce simplemente como periodo lluvioso (pero es invierno). AllÃ, cuando mis párpados se desunieron, me dolió el pecho terriblemente; pensé que tenÃa un infarto, pero luego la pena cesó y ésta se convirtió en otra escusa más para no ir al trabajo, porque mi escusa cansona era la de la lluvia. ¿Es que acaso me van a creer eso de que mi cuerpo está hecho de azúcar? Lo sé, es una exageración, pero no puedo mojarme ni un poquitito con la mÃnima garúa, porque me comienza a dar un extraño ataque de comezón, previo a la calentura y luego todo eso se traduce en una mala noche observando el techo del cuarto, perdiéndome en la lámpara de luz fluorescente y moviéndome de aquà para allá y de allá para acá con la frustración en mis ojeras violáceas. Pero, de todas formas, fui al trabajo y me mojé con lluvia, asà que, como por hecho de selección natural (tramposa, más que aleatoria), comenzó la piquiña. Hormigas monstruo clavando sus pesuñas en los poros de mi piel. Comenzó el calentamiento global en mi cuerpo, y no por ningún tipo de excitación sexual o algo parecido (hubiese preferido que fuera por eso). Realmente, parecÃa que algún tipo de casquete polar se derretÃa sobre mi cabeza progresivamente; de allà brotaban cantidades exorbitantes de gotitas de sudor que se iban entremezclando en aquella especie de tarántula a la que llamo cabello, para luego caer por mi frente, seguido por mi cuello y el resto de mi torso.
La noche llegó. Horrible sensación, horrible huésped se hallaba dentro de mÃ, un huésped que vi venir (ojala hubiese sido un simple resfriado). Calor implacable que hizo de mà un demente: comencé a surcar el espacio, entre dormido y despierto, sintiendo la inexistencia de mis extremidades. Yo sólo era una vista ambulante. VeÃa perfectamente la pared de un tono aguamarina, el cual me recordaba al de las paredes de la sección de pediatrÃa en el hospital, aunque más acogedor, más de hogar. VeÃa el piso de baldosas blancas y veteadas con distintos tonos sepias, los alfeizares de las ventanas, más como unas mesitas para poner el café o como una plantita de poco follaje. VeÃa la cama, a Sultán respirando con una extraña e inusual tranquilidad. También veÃa mi cuerpo, veÃa la lamparita de noche encendida en su nivel más bajo de intensidad (nunca pude superar mi miedo a la oscuridad), veÃa el escaparate desconchado por el paso del tiempo, la alfombra de rafia que habÃa comprado la semana pasada, la silla de… Un momento. ¿Mi cuerpo? ¡SÃ, mi cuerpo!
Pasé toda la madrugada contemplando mi cuerpo inmóvil, decúbito dorsal. Mi mirada estaba fija en el ser que se parecÃa mucho a mÃ; ¿o era yo? Pero esa atracción que mi propio cuerpo me producÃa no me impidió darme cuenta de que el amanecer manchado de gris se acercaba. Como el dÃa de ayer. Justo como ayer. «¡Muévete!», creÃa que estaba gritando desde mi lugar de contemplación, pero lo que parecÃa ser ensordecedor para mÃ, era en realidad una onda quebrada por la caricia del sereno matutino. Sólo vi como el tiempo pasaba, y mi cuerpo se hacÃa más extraño: la piel se comenzaba a poner morada; la sangre salÃa por la nariz, por los lagrimales, por los oÃdos; los músculos se engarrotaron y mis brazos se encogieron, se aglutinaron, y mis hombros también lo hicieron. Y no fue sino hasta que la imagen del ser fue tan obvia cuando por fin lo supe:
Yo habÃa muerto. |