Inicio Relatos de Amor Para Delia, de Lisandro
   Durante el mes de Marzo, en El Arte de la Literatura celebramos El Mes Misterioso.
Entre todos los que participeis este mes, se sorteara un ejemplar firmado de "Los Peque-Cíclopes" de Rúben Serrano.
Para Delia, de Lisandro PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 0
MaloBueno 
Relatos de Amor
Escrito por Nixon Piñango   
Lunes, 08 de Febrero de 2010 02:52
Hits smaller text tool iconmedium text tool iconlarger text tool icon

Para Delia,

Mi amor. Mi corazón. Mi cielo… Existen decenas de maneras para calificar a alguien por quien se siente amor. Verdadero amor. Pero ¿sería suficiente contigo, Delia?, ¿sería realmente suficiente calificarte de tal forma? Tú, querida, a quien conocí en mis locos años de neófito; los años de mi juventud inmortal, cuando sólo la sangre era lo único que daba fervor y regocijo a mi alma; a mi oscura alma desgastada por la luz del día y por aquella vida nocturna que seguía trastornándome, consumiéndome, volviéndome cenizas el espíritu. Tú, cariño, a quien vi por última vez envuelta en el claro de luna, el hermoso paraje del Mediterráneo nocturno, montada sobre la proa de un velero y con la esperanza de ver nuevos horizontes, de ver el Nuevo Mundo. También, añorando al pasado, a ese pasado que poco a poco se alejaba de ti y que no podía hacer nada para truncar tu partida, ya que sin querer lo habías despreciado, por esto se ha quedado en las solitarias salinas, clamándote en el silencio de cada noche, con aquella ilusión de volverte a ver algún día.

Yo fui tu pasado despreciado, amor de mi vida. Lo sabes mejor que nadie.

Siempre me pregunté el porqué de tu éxodo hacia las Américas. ¿Por qué te fuiste, mi amor, mi corazón, mi cielo…, mi todo? ¿Por qué me has dejado tan sólo en mi ataúd, que se ha vuelto tan frío y desolado como mi maldita piel? Oigo lo que piensas, y has pensado en volver para hablar conmigo, pero has tenido miedo de que mi pasión te pueda lastimar. Sé que no soy la persona ideal para ti y por eso me arrepiento de haberme convertido en esto que ahora soy: un monstruo. ¡Maldigo a mi convertidor!, porque él debió dejarme morir en esos momentos de agonía; debió dejar que el señor me llevase a su reino o que me castigase en el infierno, ya que prefiero estar muerto que estar vivo sin poder darle a mis sentidos el gusto de apreciarte cada día.

Mi amor. Mi corazón. Mi cielo… Recuerdo el primer día de nuestro encuentro, ¿acaso tú lo recuerdas tan bien como yo? ¿Recuerdas esa noche, cuando me ofreciste tu cuello desnudo? Sentí mucho miedo aquella vez, ¿sabes?, ya que me pude dar cuenta de que no era el ser en que creí haberme transformado. Esa noche me enseñaste a ser humano; el ser que había dejado de ser hacía un tiempo inmemorable. Tú, quien se enfrentó a la muerte esa noche primaveral en el jardín, a punto de ser desangrada con la pasión que sólo un vampiro puede darle al homicidio; un monstruo, alguien a quien nunca le llegará una muerte digna o simplemente tranquila.

Me enseñaste a ser fuerte y a soportar esto, y no me alcanzará la eternidad que he de vivir para agradecértelo.

Entiende, amor mío, que yo no puedo vivir sin ti; pero que esta maldición me mantiene vivo aún, deseando que el ángel de la muerte venga a por mí alguna vez, lo que sólo puede ser un milagro. No sé cómo todavía me siento tan cuerdo para escribir una carta sin ser incoherente. Estoy loco de amor. Realmente, siento que algún día de estos me veré forzado a usar una camisa de fuerza y vagar por los destellos de mis recuerdos más preciados, como llamando más a la locura a que me domine en todo sentido; tal vez, para refugiarme de algún modo ante la crueldad del mundo exterior.

Si has podido ver marcas de humedad en el papel, tranquila, no pienses que estuve bebiendo mientras escribía; sólo piensa que si la información escrita en este papel tratara de una simple invitación o de una de esas cartas para saber «cómo va todo», las marcas de humedad no existirían.

Se juez de una decisión de tus pensamientos, de tus deseos. No te pido que vuelvas, sólo que respondas a esto, a todas las preguntas que en mi perturbadora sed de sangre te he podido escribir. Estés donde estés, si eres feliz, quédate, por favor; te lo ruego, si es necesario. Si has de volver para ser infeliz a mi lado por aquel inútil sentimiento llamado «lástima», tendré que matarte, morderé tu cuello hasta beber la última gota de tu sangre y saciar mi sed a cambio de una mortal condena: contemplaría tu cuerpo sin vida hasta volverme tan maniático que mis recuerdos simplemente se sofocarían en aquel último hilo de sangre que brote de tus venas.

Mi amor. Mi corazón. Mi cielo… Ama a la felicidad y no condenes tu vida como inconscientemente lo has hecho con la mía. Piensa con juicio, querida. Estoy bien, pero nadie está bien para siempre (ni mal para siempre), así que no intentes darle una solución a estos sentimientos que desde tu partida han reinado dentro de mí. Que seas feliz es mi mayor deseo en la vida, así que allá en tu tierra americana, tu nueva tierra, ¡quédate!

Mi amor. Mi corazón. Mi cielo… Me he quedado sin palabras, pero reitero que te amo, te amé y que siempre te amaré. Siempre deseo tu sangre, la deseé y siempre la desearé; sangre que nunca tendré el valor de tomar por un simple deseo. No hagas caso a esta incoherencia. Yo entiendo mis propias palabras.

Espero una respuesta, así ésta termine de hundir el puñal en mi corazón, el cual ya está muerto, pero que tú únicamente puedes rematar.

Lisandro. Diciembre de 1850.

 

***