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María PDF Imprimir E-mail
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Relatos de Amor
Escrito por Adrian   
Viernes, 26 de Febrero de 2010 23:01

Cada vez es como la primera.
La miro. Me detengo en sus ojos oscuros, en la bonita forma de su pequeña nariz, en su pelo ondulado. Viajo por sus suaves hombros, por su firme espalda, por sus redondeados senos. Descubro, como cada vez desde la primera, los lunares de su vientre, las curvas de sus caderas, la carnosidad de sus muslos.
Me siento como un adolescente en su primera cita, a pesar de los años. Me entrego a ella para hacernos uno solo. Mis manos acarician su cara, su pelo. Su expresión me sirve para saber que me ama.
Que nos amamos.
Cada vez es como la primera.

 
Llamadas en la lluvia PDF Imprimir E-mail
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Relatos de Amor
Escrito por Alfredo Mors   
Miércoles, 24 de Febrero de 2010 01:07

Caía una fina llovizna en esa tarde gris de otoño. Amalia se encontraba sola, como tantas veces en el último tiempo, en su departamento en el que había vivido casi desde que tenía memoria.

 

Estaba en ese cuarto que le servía de lugar para encontrar el reposo en las lecturas, en las que buscaba y a veces encontraba, alguna punta al ovillo en que se había convertido su vida y que muchas veces la sumía en una profunda melancolía.

 

Sentía que, con sus 40 años, se encontraba en un particular momento de su vida, luego de haber concluido la relación que mantuvo con Esteban, casi desde que eran adolescentes, cuando lo había aceptado a él en ese que fue su despertar al amor.

 

Dejó junto al sillón el libro que estaba leyendo y comenzó a mirar hacia la ventana, cuyas cortinas se encontraban descorridas, dejando ver los cristales en los que se iban deslizando suavemente, pequeñas gotas de agua de la persistente llovizna.

 

La llovizna, la lluvia y ella con sus recuerdos, especialmente de aquella despedida que la separó de Rodolfo, Melancolía asociada desde aquel momento, a la particular atmósfera generada por la llovizna.

 

 
Varón PDF Imprimir E-mail
Relatos de Amor
Escrito por Nixon Piñango   
Martes, 23 de Febrero de 2010 03:15

Él, bípedo, trata de saciar una sed que no existe, que va más allá de lo que sus sentidos sienten; conocimientos que se le arrojan encima como lazos de caza. Y está a la deriva de los recuerdos y de la melancolía, pero sus ojos no responden, son de piedra, son un prejuicio, y son acomplejados: se creen faros, entes sabios que rondan la horizontal, cuando realmente son objetos de lo empírico (Y ve un ave que vate sus alas al compas que marca la ida la venida del viento, como sujeta por espíritus torturadores, verdugos de su libertad para el andar en los prados. ¿Acaso es aquello empírico?). Es conocedor, y mira, como puede, el firmamento para entender a los astros que bañan de incandescencia sus pupilas (y ellas se hacen enclenques y cándidas, casi como un copo de nieve que va naciendo en un invierno imperecedero. La nieve se le adhiere y comienza un matrimonio que en su lecho concibe a la ceguera). Habla con los astros en su enajenado pensar. Entiende que sus ojos deben responder, como valientes voces que se alzan, sentimentales, pero que esos ojos no pueden ser débiles ante un mundo que condena a los escasos de valor. Sus ojos son azules, en la literalidad que brindan las aguas que forman el océano, y éste parece el cielo que se dilata como sangre a través de una zanja que ha dividido la piel. Él al fin traiciona a sus ojos, ¿o sus ojos lo traicionan? ¿Pero quién siente, él o sus ojos? Y qué son los ojos sino una parte de él. Por eso se desbordan, por eso parece que el calor del verano ha llegado para aniquilar el dominio de aquel invierno que enceguece, porque a somete aquella bola de nieve que ha crecido. Y él llora como nunca antes, llora porque conoce verdades que se ven envueltas por un manto oscuro, y con una simple puñalada al manto todo sale a la luz.

Él, bípedo, entregado a la brisa en cuerpo y alma, nota que la naturaleza le es hostil, nota cómo la brisa le da caricias mortales, le asesina la calma, y ahora le hace temblar. Pero él manipula esta naturaleza que parece odiarle y amarle a la vez, porque ella constituye su propio refugio (y qué es una prenda sino un refugio que emerge de lo que es natural. ¿Y qué es una caverna acogedora?). Se acuesta desnudo de vigor, preparado para indagar en los lagos prohibidos del interior de su cuerpo. Y allí eso toma una definición: algo que no se percibe. Pero le gusta ir a ese lugar en donde los astros le pertenecen, en donde el pasto crece en su pecho y el cabello crece en la pradera; cabello que corta y esparce en el viento que es colorido y en el agua invisible; un intercambio de papeles. No hay luz allí; hay algo más y a él le encanta pasearse por ello; sin luz eso, pero brillante.

Él, bípedo, erguido, mira su reflejo en los hielos pulidos. Su imagen se traduce en virilidad, en sombras que trazan cada protuberancia de su cuerpo. Su fuerza se traduce en sombras. Cada línea lo dibuja, es como el fango, cuna de huellas, de marcas naturales, y es perfección abstracta que se moldea en el viento al que rosa y con el que se entremezcla, y el viento lo vuelve grácil. El animal se hace racional cuando pasea sus palmas por cada fardo que las sombras encierran, prisión de fuerza que se concentra en funciones. Y él siente su propio cuerpo, y él siente su propia vida. Trabaja en pensar, trabaja en sentirse más racional de lo que ya es, y quiere que su cuerpo domine más que así mismo, quiere trascender, como el felino de robusta melena, que es temido. Pues, el quiere ser el león de la Tierra y la conquista se encierra en su corazón, se apodera de sus sentidos, y ya no es la nieve de los astros, sino la ambición la que lo ciega. Ahora el letargo y el alimento. Desnudo de vigor de nuevo, posa sus piernas en el suelo, y la grama hace el contorno, y luego la espalda y los brazos, y el césped lo acuna. De nuevo al mundo que ama, pero no conoce.

Él, bípedo, patriarca. Es conquistador, y es su consciencia lo que actúa; él quiere que su conquista no quede en el olvido. Y posee a su hembra, y su sangre hierve, y cuerpo se funde sobre aquel cuerpo frágil que media entre él en su lecho ardiente. Él conoce el significado de su sangre, y la convierte en un regalo, y la convierte en su linaje que será un regalo de generaciones. Vida que se esparce, varón que lleva la carga de los milenios de su raza, varón que nace y hereda la Tierra. Y él se encuentra en ese mundo que no conoce de nuevo; se deja llevar por él y su eternidad.

 

***

 
DESDE UN CURIOSO PLANETA PDF Imprimir E-mail
Relatos de Amor
Escrito por Nixon Piñango   
Jueves, 18 de Febrero de 2010 00:42

Amada mía,

Primero te contaré un secretito: mi rostro está risueño, con una leve sonrisa alienada, circundante de la nada, la cual resalta un poco más mi imaginación un tanto desenfrenada, aunque esta mañana me vi en el espejo y tenía pocas ojeras; hoy, generalmente, cargo una buena pinta (o, mejor dicho, estoy más presentable que otras veces). Tal vez, la solución estuvo en la pasada noche; es que dormí como un angelito que arropa su desnudez con las suaves nubes y que recita una cancioncita acompañada por su lira dorada, hasta que por fin cae rendido sobre la luna creciente. Y el cielo; ¿cómo explicártelo?; el cielo era una manta de diversos tonos oscuros, de contadas estrellas, y sobre todo, un lugar muy silencioso, perfecto para enajenarse más. Pero creo que es mucha palabrería para describir una noche tranquila, de pocos sueños (algo muy raro, por cierto; algo a lo que no estoy acostumbrado).

Creo que éstas son las palabras introductorias más difíciles que he escrito en mi vida –por  cierto, si observas que el papel está un poquitito deplorable, es por culpa de mi poco ordenada cabeza. Lo he arrugado, le he hecho muchos borrones, y ese trozo de cinta adhesiva, bueno, es que lo rompí por la mitad cuando la falta de inspiración me hizo perder los estribos. El problema radica en que no me querían dar otra hoja y tuve que mandarte ésta. Como lo siento, mi amor. Te prometo que no volverá a pasar–.  Como te decía: me tomó horas escribir el primer párrafo de esta carta, y creo que no puedo decirte el porqué, pues, porque no conozco el porqué. ¿O sí? ¿Lo sé? Es que junto a mí estaba ese tal Prince Rogers, del que te hablé tantas veces cuando éramos novios, el tipo ese que siempre me perseguía y yo pensaba que era un mafioso que me quería matar. Pues, ahora hablo mucho con él. Me gusta hablarle de mi vida, porque creo que él me comprende mucho más que esos individuos de pálidos trajes que vienen a visitarme de vez en cuando. Pero no te voy a negar que esas personas también me entienden; es más, creo que me entienden más que el mismo Prince y, aparte de ello, también quieren que esté bien, de forma extraña, pero lo quieren.

Seguro te estás preguntando qué es lo que le he contado. Pues, yo le dije que para mí tú eras todo. Sólo le conté sobre ti (espero que también me perdones por eso); y es que no hallo cuento qué echarle que no trate sobre ti, mi amor. Es que tu preciosura es muy particular, porque ya no pareces humana, ahora sólo pareces un recuerdo, y eso me hace distraerme mientras trato de echar un cuento sobre mi infancia o sobre mi poesía, u otro cuento en el que la trama no seas tú. Debo confesar que eres mi mundo, y no sé por qué estoy tratando de justificarme con estas palabras de idolatría hacia ti, igualmente, no sé si estás leyendo este texto.

He llegado a la conclusión de que estás decepcionada, porque yo estoy en un planeta distinto, en donde reina el blanco y la suavidad, y tú aun estás sufriendo la rutina en las calles malévolas de la Tierra, en una ciudad que no tiene piedad de los individuos que han descubierto que el mundo es distinto, que el mundo no es un simple hecho de formas y tricromías entre verde, magenta y cian. Debe ser por eso que yo me fui a otro mundo y te abandoné. Pero no quise abandonarte, no, ¡no pienses eso! Es que ellos me obligaron a irme; me dijeron que si seguía junto ti te lastimaría, y yo no quiero lastimarte. Lloro todos los días por el hecho de que soy el culpable de tu dolor. Aun me martiriza el recordatorio de aquel día, hacía muchos años, cuando me alejé de ti; y por eso ahora lloro, y es por eso que el papel está un poco húmedo. Perdóname por eso también, querida.

Creo que pedir perdón no es suficiente, ¿cierto? Sí, lo sé, porque muchas veces me dijeron que a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa. Yo recuerdo haberte acariciado alguna vez, con una rosa blanca –precisamente–, durante una mañana en el jardín de un bonito parque. ¡Imperdonable ese acto que no medí! Lo siento mucho. Sí, seguro ese fue mi pecado: te toqué con una rosa y el señor me apartó de ti. Entonces, si pequé, ahora estoy en un infierno gélido e incoloro, pagando esa injuria que mi pasión me llevó a cometer. Perdóname por eso también, mi amor.

Pero basta de pedir perdón. Quiero empezar a ser optimista.

Quiero decirte que tengo la esperanza de volver contigo, mi vida (eso te lo he escrito en las cincuenta cartas que te he mandado, ¿verdad? Bueno, si lo he escrito en cincuenta cartas, qué significa una más. Si me pusiera a contar las cartas que me has respondido, pues, nunca terminaría dicha cuenta; y es que una cuenta que no inicia no puede terminar, ¿no te parece?) ¿Qué más puedo decirte, cariño, que te amo?, eso ya lo sabes, yo lo sé, todos lo saben. El problema está en que no puedo materializar ese amor. No puedo estar junto a ti.

Es hora de despedirme, ellos me obligan a terminar. Quisiera escribirte por siempre todo lo que siento por ti, todo lo que quiero sentir por ti. Pero no puedo; créeme que no puedo. Por cierto, Prince te manda saludos, él está junto a mí, luciendo esa chaqueta de gabardina retro que lo hace parecerse al primer James Bond; dice que te quiere conocer algún día, tal vez, cuando vuelva a la Tierra podamos hacer una fiestecita juntos y hablar de la vida. ¿Te parece bien?

Hasta luego, amada mía.

 

Sabes quién te escribe. No te le reiteraré.

12 de Junio, desde este curioso planeta al que llaman “Manicomio”.


 

 
Inocencia PDF Imprimir E-mail
Relatos de Amor
Escrito por Nixon Piñango   
Domingo, 14 de Febrero de 2010 04:59

Compré una flor con mi mesada, amarilla, como sus cabellos, y quise dársela a la hora del recreo, tal vez, esperando una simple sonrisita, pero ella estaba jugando con sus amigas a las muñecas, y había muchos niños alrededor, jugaban a la rayuela o a brincar la cuerda…

Me apené, y retrocedí con mis cachetes rojos, que seguramente llamaban la atención. Me perdí tanto en la pena que ni me di cuenta de cuando sonó la campana.

Pensé durante clases en la niña bonita, en su tierno rostro. Ya sé, le compraré un oso Teddy, aunque tendría que pedirle dinero a mi mamá, y me daría pena tener que decirle que el dinero es para compararle un peluche a una niña. Será la flor.

Llegó la hora de la salida. Aproveché el vacío que había y le di la flor. Ella se rió muy bonito y me dio un besito en la mejilla. Luego, salió brincando por la reja.

 
Romance en Pequeño PDF Imprimir E-mail
Relatos de Amor
Escrito por Nixon Piñango   
Martes, 09 de Febrero de 2010 00:31
Nota: "Romance en Pequeño" es el título de una de las partes de un libro de relatos que escribí hace un año. Dicha parte está conformada por una serie de relatos pequeños de corte romántico y erótico. Espero que sea de su agrado.


Besos

 

Te pusiste aquel lápiz labial, ¿por qué?, ¿acaso querías complacerme? Sabes que me encanta el carmín, y más en tu boca, porque ella es naturalmente menuda y escondida, como temerosa ante los besos que mi boca le puede obsequiar. Y es cierto que me encanta besarte, me encanta que mis labios y los tuyos hagan el amor, unos adheridos a los otros. Tu boca tímida y la mía extrovertida, que toca y toca hasta que la tuya se somete al éxtasis, hasta que ella también comienza a besar. Ahora tus labios dominan los míos, ¿lo sientes? ¿Sientes tu victoria? Yo sí. Siento tu aliento, y es indescriptible, parece que te cansas, pero que al mismo tiempo no quieres parar. Sí, bésame. Bésame como nunca has besado a nadie.

 

 

¿Por qué tener sexo?

 

¿Por qué tener sexo, preciosa? Alguien me dijo que la palabra sexo describía al animal que tenemos dentro. Porque sí somos animales, seres de instinto, que se aparean. Y es placentero que nuestros sexos se encuentren y se descubran mutuamente, amparados en nuestras respectivas humanidades. Una delicia, sí. Pero hay alma, hay misterios qué descubrir. ¿Por qué tener sexo, querida? Son ricos tus senos, sí, pero más rica es tu boca, más rico es tu rostro en plena explosión de placer, más rico es el contacto de nuestros cuerpos sudorosos, más rico es el calor. ¿Por qué tener sexo, mi vida? Tu mirada me excita, tu voz me excita (tus gemidos sordos, por supuesto). Es un éxtasis tenerte junto a mí, en la misma cama, arropada por mis brazos y mi hombría. Tu fragilidad me hace frágil. Sin duda, te amo. Así que, ¿por qué tener sexo, mi cielo, si podemos  hacer el amor?

 

 

Mi jefe no está en la ciudad

 

Mi jefe no está en la ciudad. ¿Qué quieres que hagamos, cariño? Podemos hacer el amor en el sofá de cuero o sobre el piano que está en su oficina. ¿Qué te parece la idea? Quizás, podamos tomar una botella de champaña de su heladera personal y reponerla luego, puedes traer algunas fresas y mucha crema, y así hacer el amor mientras tomamos un postre. Vamos, no tengas miedo, querido. Él se fue a una conferencia en el exterior, llegará la semana que viene, y yo tengo la llave de su oficina. Quiero tener sexo a lo grande, querido, y esa oficina es perfecta, lo sé por las muchas mujeres que han salido de allí muy satisfechas. ¿Qué opinas, cariño…? Perfecto.

¡Sí, sí…! ¡Así, cariño...!

¿Qué fue eso? ¡Ay, no!, ¡es mi jefe! ¡Escóndete!

 

 

La profesora

 

12:30 p.m.

Había estado viendo pornografía en el laboratorio de informática, alegre, concentrado en la pantalla. Estaba seguro de que nadie vendría, porque todos los profesores se habían ido a sus despachos a almorzar. Pero no había pillado a la profesora de informática. Y en un momento inesperado, ella entró al salón y me cachó viendo esas cosas prohibidas. Yo quedé en shock y ella pues, lo que hizo fue trancar la puerta con llave. Yo pensé que me iba dar un tremendo regañón; pero su paso gatuno hacia mí me hizo sospechar otras cosas. Mis sospechas fueron confirmadas. Ella me estaba deseando. Me pasó la mano por las mejillas, luego bajó hacia el abdomen y luego hacia mis partes sensibles. A pesar de que era unos cuantos años mayor que yo, me excité, e hicimos el amor apasionadamente sobre su escritorio. Ahora siempre saco diez en sus clases, y ella me mira de reojo cuando puede.

 

 

Amor platónico

 

Dedicado a alguien muy especial, esa persona está consciente de que estas palabras son suyas.

 

Mientras mi mirada se posaba sobre ella, el tiempo se tomaba un descanso y una taza café; no seguía su común andar. Yo era como aquel amante del arte, visitante de galerías. La mirada viajaba de arriba a abajo, sola, y yo, sólo un necesario portador de ella. Su cabello me hechizaba, se entremezclaba con la brisa y me recordaba a El Nacimiento de Venus, a la misma diosa de cabellos ondulantes y que se posa sobre una gigantesca y perlada almeja. Más no pude haber deseado tener la habilidad de los manieristas, para retratarla desnuda sobre su lecho, para deleitarme con su perfección mientras posa y para pintar un retrato exquisito que me la recordase en aquella forma por toda mi vida. Más no pude haber deseado yo tener la mano de Miguel Ángel, para esculpir aquella imagen límpida y virginal sobre una roca; y es que una diosa lo merece. Imagen divina y celestial que mis ojos merecen.

 

 

El primer beso

 

Ella me acarició la mejilla, yo, en un gesto muy ingenuo, hice lo mismo, y ella soltó una pícara sonrisa que me cautivó y me avivó la confianza. Ella me hizo esa pregunta, y yo, muy avergonzado y seguramente con mis mejillas muy rojas, respondí de manera negativa. Ella volvió a reír. Volvió a acariciarme, esta vez el pelo y luego mi labio inferior. Se acercó lentamente, cerrando sus ojos. Yo cerré mis ojos y me dejé llevar por su experta manera de manejar mi ingenuidad. Sus labios tocaron los míos, y mi corazón aceleró sus latidos. Yo no la amaba; ni siquiera sabía quién era. Pero su beso me hizo querer más, me hizo estar unido a su boca por un largo rato. El beso terminó, y yo traté de continuarlo, pero fue imposible, ella gobernaba la situación. Era mi primer beso, el que por siempre recordaría. Fue cursimente especial, y me sentí bien.

 

 

Cinco minutos

 

Sólo dame cinco minutos más. Quiero seguir besando tu cuello, tu espalda. Quédate aquí, acurrucada entre mis brazos y las sábanas. Disfruta el contacto de nuestros cuerpos.

Son sólo cinco míseros minutos, mi amor. Luego sigues escribiendo esa novela que no me has dejado ni siquiera ojear, luego vas a la cocina y te tomas un tentempié mientras yo te preparo un rico desayuno. Pero sólo te pido cinco minutos, porque tu piel huele delicioso y tu cabello está tan suave que estar acostado sobre él más de cinco minutos sería una condena, ya que todo lo exquisito tiene esencia pecaminosa.

De acuerdo, ya pasaron los cinco minutos. Te puedes ir con toda confianza.

 

 
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